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08th Dic2019

El traidor

by Víctor Alvarado

Si el cine estadounidense ha vuelto a poner de moda el género gansteril con El irlandés de Martin Scorsese , el cine europeo le da la réplica con otra gran producción titulada El traidor.

El género de la citada temática ha dado lugar a multitud de producciones de un altísimo nivel como La ley del silencio, la trilogía del Padrino, Infiltrados o Los intocables del Eliot Ness, aunque la lista es interminable. El caso es que Marco Bellocchio, autor de la reciente Felices sueños, saca su lado más ácido para hablarnos de la alianza entrecomillas de un mafioso arrepentido, magníficamente interpretado por Pierfrancesco Favino, y uno de los jueces más valientes, íntegros y competentes de la historia de Italia, Giovanni Falcone, que intentaba hacer lo correcto, sabiendo que se estaba jugando literalmente la vida. Este mafioso, con la idea de proteger a su familia, organizó su particular vendetta,  declarando en contra de multitud de miembros de la Cosa Nostra, propiciando que se diera uno de los más duros golpes a esta institución mafiosa solo comparable al hecho de que Mussolini estuviera a punto de acabar con ella, aunque por otros intereses.

El citado realizador, que escribió el guión en base a la confesión de 500 folios de este señor (Tommaso Buscetta, conocido como “el jefe de los dos mundos”), consigue contar una historia filmada a la italiana con un ritmo pausado, a veces excesivo, que de alguna manera sirve para relatar el largo proceso por el que tuvo que pasar el delator, así como la enorme labor del mencionado juez, al que le costó  la vida, ya que sufrió un atentado brutal. En definitiva, esta producción es un documento histórico  de  gran interés,  que le podría servir  a su realizador para ganar el Óscar a la Mejor Película de Habla no Inglesa.

Las escenas del macro-juicio están narradas con gran realismo sin alharacas hollywoodienses y tienes la sensación de estar viviendo esa época, porque todos esos individuos parece que te los podrías encontrar por la calle en el día a día y a lo mejor se podría pensar que no han hecho nada a pesar de las barbaridades cometidas.  El realizador italiano ha intentado centrarse en los planos cortos para que estemos pendientes del juego de miradas de estos delincuentes; sus sonrisas irónicas y sarcásticas y  los chistes inoportunos para que podamos entender  el modo de pensar de estas personas. 

Por otra parte, este cineasta en líneas generales es muy enemigo de las grandes instituciones, especialmente, de la Iglesia, aunque en esta ocasión tiene toda la razón a la hora  de mostrar la falta total de coherencia de los miembros de la Cosa Nostra, pues aparecen como católicos practicantes que no se pierden una misa, un bautizo o una confirmación, pero que matan, extorsionan, trafican, difaman y  torturan como si fuese lo más normal del mundo, mostrando una falta absoluta de coherencia evangélica.

No obstante, el detalle que más llama la atención del largometraje es que el “megachivatazo” se justifica por romper ciertos códigos de honor de la vieja Cosa Nostra como quitar la vida a inocentes (el protagonista los llama los “pobres”) que forman parte de la familia. Se intenta explicar que el ansia de poder por hacerse con el control de la heroína en los años 80,  así como que  los hijos de estos delincuentes se engancharan a esta potente droga, propició que se rompieran los pocos límites positivos de esta forma tan terrible de entender la vida y el mundo (publicado en Pantalla 90).

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