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31st Oct2011

Tímidos anónimos

by Víctor Alvarado

Víctor Alvarado (Publicado en el Diario Ya)

El buen director de cine, Rafael Gordon, dijo en el I congreso de Cine y Educación que en las películas de antes la culminación de una relación amorosa era el final de la película y sólo se sugería. En los largometrajes actuales, la relación afectiva se desarrolla en los primeros diez minutos y a partir de ahí comienza una sucesión de conflictos. Se ha perdido la idea de conquista y la seducción. Estas declaraciones nos dan pie para compararla con Tímidos anónimos (2010), pues esta cinta se rige por los cánones del cine clásico, apostando por contar una historia de modo elegante y en el sentido tan positivo de volver a los inicios que propone el citado cineasta español. Además, aunque no es la excepción, llama la atención que un francés opte por la comedia clásica en vez de hacerlo por la clásica comedia actual.

El planteamiento de este relato puede sorprender al espectador, ya que el director, Jean Pierre Améris, juega con las palabras, cambiando el nombre de las extendidas terapias de grupo de los alcohólicos anónimos por el del título en cuestión. Y es que este largometraje cuenta la vida de un introvertido empresario chocolatero que tiene pánico a relacionarse con la gente, que se enamora de la acomplejada pastelera que empieza a trabajar en su obrador y que tiene miedo de lo que la gente pueda pensar de ella, por lo que esconde un don.

Jean.-Pierre Améris, cuya obra ha sido rodada en tonalidades verdes y rojas, es conocido en España por la película La vida (2001). Ha querido que sus personajes estuvieran muy cómicos, pero sin caer en el histrionismo, un dato que, de haberse producido, a nuestro juicio, le hubiese quitado la gracia que tiene el guión. Por lo que sabemos, el cineasta propuso a la actriz Isabelle Carré que tomara como fuente de inspiración a Ginger Rogers, la popular pareja cinematográfica de Fred Astaire, mientras que el personaje de Benoit Poelvoorde debía guardar cierto parecido con el James Stewart de El bazar de las sorpresas (1940) de Ernst Lubitsch.

Por otra parte, aunque el autor de Tímidos anónimos no haya querido dar un toque realista a su producción, la verdad es que ha acertado plenamente al inventar personajes que existen en la vida real, pues hay personas que tienen dificultades para comunicarse y, sobre todo, para expresar sentimientos, utilizando como medio el chocolate, que ha dado algunas tardes de gloria al mundo del séptimo arte. También, se plantea la dificultad del hombre actual para el compromiso una realidad que, junto a la incomunicación, es uno de los grandes retos a los que debe enfrentarse la sociedad del siglo XXI.

Finalmente, les recomendamos que no se la pierdan, pues nos parece muy dinámica y no decae en ningún momento. No la deben dejar pasar porque se perderían a unos personajes tiernos y entrañables que te tocan el corazón. La cinta tiene la virtud de cumplir con las expectativas que nos marcamos cuando nos acercamos a una sala de proyección; es decir, que independientemente de que te puede gustar más o menos, te atrape durante las dos horas siguientes.

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