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13th Sep2020

Un mundo normal

by Víctor Alvarado

El cineasta Achero Mañas vuelve a la carga y será recordado por la siempre interesante El bola, que trataba el tema de los malos tratos con acierto, aunque con el sesgo ideológico que caracteriza al gremio de los artistas en España en la que el actor infantil de esa época, Juanjo Ballesta, se lució en todos y cada uno de los planos de dicho largometraje.

El caso es que este director ataca de nuevo con su quinta producción para ofrecernos una historia muy personal, que es un homenaje a su madre la también actriz Paloma Lorena, que muestra conflictos familiares en una tragicomedia, protagonizada por Ernesto Alterio.

La historia gira en torno a un autor de teatro de éxito, venido a menos y en crisis personal,  de pareja y con ciertos problemas de alcoholismo, que intenta cumplir la última voluntad de su madre, recientemente fallecida en compañía de su hija de unos 20 años que responde al nombre de Cloe.

Achero Mañas, el realizador de esta producción, muestra gran habilidad para sacar el máximo producto a una actriz  juvenil como Gala Amyach, que es su hija, lo que confirma nuestra teoría de que el enchufismo en el cine funciona. La citada intérprete tiene futuro por su gran variedad de registros.

Un mundo normal es una roadmovie a la española. El ritmo de la producción es pausado para facilitar la reflexión. El planteamiento del cineasta es nihilista y, de alguna manera, nos habla del sentido de la vida. Algunas veces, sus protagonistas se preguntan por la muerte, aunque todos ellos se muestran como no creyentes y se hacen preguntas con el enfoque que utilizaría Jean Paul Sartre y su filosofía existencialista. No obstante, cuando el padre le pregunta a la hija sobre el sentido que tiene el hombre en este mundo, ella se queda callada y se sugiere implícitamente que lo que queda es el amor. Esta producción trata el tema de la muerte, como habrán supuesto, aunque muestra el ritual cristiano como algo vacío y, desde luego, esta cinta no ofrece esperanza, no hablando de la posibilidad de alcanzar la otra vida. Por eso se entienden algunos de los comportamientos tipo carpe diem de su principal protagonista, que no es especialmente expresivo, pero si transmite credibilidad en la forma de entender el mundo de una persona atea porque cuando uno no tiene a Dios como referente a veces  puede perder el rumbo de su vida. Por otra parte, no podía faltar el guiño a la ideología de género, aunque tratado con cierta seriedad y elegancia.

Cambiando de tema, la película también tiene la virtud de combinar con sabiduría el drama y el humor para que la historia nunca pierde interés, que era lo que la madre les había transmitido en una producción que habla del valor de la acogida e intenta que nos planteemos qué seríamos capaces de hacer por la madre que nos ha dado la vida. Por cierto, me han  encantado tanto algunas de las simpáticas escenas de corte surrealista como la última composición musical al  piano interpretada por un personaje secundario (publicado en Pantalla 90).

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